Crecer en Cristo en la Caridad
La fe es el comienzo de una nueva vida. Vida significa crecimiento y desarrollo hacia una completa madurez y perfección última. La misericordia de Dios debe revelarse en nosotros. Los que reciben más son lo que más tienen que dar, tal vez porque se les perdonó más. Sin amor y compasión por los demás, nuestro amor en Cristo es una ficción. La fe es como una semilla plantada en el interior del alma, pero solo florece cuando se riega con la caridad. Crecer en Cristo no es una experiencia estática ni un título espiritual, es un proceso silencioso, a veces doloroso, donde el alma se deja moldear por la ternura del Espíritu. Cristo no busca creyentes inmóviles, sino corazones que se dejen transformar, que respiren al ritmo del amor divino.
A menudo creemos que madurar en la fe es saber más, rezar más, o cumplir con mayor exactitud. Pero no. Madurar en Cristo es amar más y juzgar menos. Es aprender a mirar a los demás con la misma mirada con la que Él nos mira. Sin etiquetas, sin prisas, sin miedo. El cristiano maduro no es el que ya ha llegado, sino el que permanece en camino, con el alma abierta a las sorpresas de Dios. Y aquí, en el silencio del Carmelo, uno descubre algo que al principio cuesta aceptar. Dios no se impone, se insinúa. No grita, susurra. No exige, invita. Solo el que ama puede percibir Su voz en la brisa suave de cada día. Por eso, crecer en Cristo en la caridad no consiste en acumular virtudes, sino en dejar que el amor se apodere de todo. De la mente, del corazón y de las manos.
Porque quien ama en Cristo, se vuelve un misterio viviente de Su presencia. Una lámpara encendida que no necesita hablar. Basta su luz. La caridad es el alma de toda vida cristiana. No hay teología sin amor, ni mística sin compasión. Y cuando el corazón se abre a los demás, el amor se vuelve una fuerza cósmica, una energía divina que transforma lo pequeño, lo escondido, lo cotidiano. Allí donde alguien amar por Cristo, el universo entero respira profundamente. A veces pienso, que el amor auténtico deja huellas invisibles. No se ven, pero el alma las reconoce. Son esas marcas silenciosas que dejan los santos, los padres, los amigos fieles, los frailes mayores que rezan sin que nadie los vea. Son rastros de la misericordia de Dios en la tierra.
Crecer en Cristo, entonces, es dejarse rastrear por ese amor, hasta descubrir que ya no somos nosotros los que vivimos, sino Cristo que vive en nosotros. Y cuando eso ocurre, cuando la caridad alcanza su plenitud, el alma se vuelve transparente, y el corazón, sin ruido alguno, empiza a parecerse al de Dios.
Comentarios
Publicar un comentario