Ay de ustedes, fariseos
Lucas 11, 42-46
En aquel tiempo, Jesús dijo: “¡Ay de ustedes, fariseos, porque pagan diezmos hasta de la hierbabuena, de la ruda y de todas las verduras, pero se olvidan de la justicia y del amor de Dios! Esto debían practicar sin descuidar aquello. ¡Ay de ustedes, fariseos, porque les gusta ocupar los lugares de honor en las sinagogas y que les hagan reverencias en las plazas! ¡Ay de ustedes, porque son como esos sepulcros que no se ven, sobre los cuales pasa la gente sin darse cuenta!”
Entonces tomó la palabra un doctor de la ley y le dijo: “Maestro, al hablar así, nos insultas también a nosotros”. Entonces Jesús le respondió: “¡Ay de ustedes también, doctores de la ley, porque abruman a la gente con cargas insoportables, pero ustedes no las tocan ni con la punta del dedo!”
Reflexión
Hoy, fiesta de nuestra Madre Santa Teresa, el Evangelio nos toca en lo más hondo del corazón. Jesús no habla a los demás, nos habla a nosotros. A los que creemos servirle, a los que rezamos, a los que hemos hecho de su Nombre nuestra morada. Nos recuerda que no basta con cuidar las formas de culto si el corazón está vacío de amor. Santa Teresa, que fue maestra en el discernimiento del alma, lo decía con claridad. "No está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho". Y amar no es un sentimiento, sino una obediencia del corazón al impulso del Espíritu. Amar es mirar a los demás con la misma ternura con que Dios nos mira a nosotros. El fariseo no es el otro, es el yo que reza, que juzga, que presume de purezas mientras oculta su miedo. El Carmelo es la escuela donde se aprende a despojarse de ese yo. Como decía San Juan de la Cruz, "para venir a gustarlo todo, no quieras tener el gusto en nada". El Evangelio de hoy nos llama a ese despojo radical. A perder las apariencias para que el Amor sea lo único que quede.
El Maestro de la Ley representa la mente que se aferra al concepto, que ama la norma más que la Verdad viva. Jesús le responde con una herida de luz. La Ley sin compasión se convierte en una losa sobre los hombros del hombre. El verdadero conocimiento teológico termina en amor. La ciencia de Dios que no produce misericordia no es ciencia divina, sino vanidad espiritual. Por eso el Cristo de Lucas desvela la trampa del religioso que impone cargas sin tocarlas, aquel que habla de Dios sin haberlo saboreado. La teología que no brota de la oración es ruido. La palabra que no nace del silencio es piedra.
Dios no se halla en las cosas santas, sino en el alma vacía de sí misma. Muchos adoran el templo y se olvidan de Dios que lo habita. Cuando no hay amor, la práctica espiritual es un adorno muerto. Todos, desde caminos distintos, dicen una sola cosa. La Verdad no se adora con los labios, sino con la transparencia del ser.
Hoy, Santa Teresa de Jesús nos invita a la autenticidad. A mirar dentro y descubrir si nuestro amor a Dios es un hábito o un fuego. Su vida fue lucha contra toda hipocresía, incluso la espiritual. Ella supo que el alma que se deja consumir por el Amor no necesita adornos. Que en este día su voz resuene en nosotros como el eco del Evangelio. "Nada te turbe, nada te espante, todo pasa, Dios no se muda. Quien a Dios tiene, nada le falta". Y que el Cristo de Lucas nos purifique de toda apariencia para que, desnudos de orgullo, podamos orar, amar y vivir como verdaderos hijos del Amor que no se mide ni se paga, sino que simplemente es.
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