Bienaventurados los que escuchan la Palabra y la cumplen

 

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 11,27-28

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo:
«Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron».

Pero él dijo:
«Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

Reflexión

Mientras Jesús hablaba, una mujer, conmovida por la grandeza de su palabra, pronunció una alabanza espontánea. "Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron". Era el elogio humano a lo visible, al milagro de una vida que irradia luz. Pero Jesús, con una ternura que trasciende los sentidos, dirige la mirada hacia otro horizonte. "Mejor, bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen". Esta respuesta es una enseñanza silenciosa sobre la verdadera maternidad espiritual, sobre el misterio de la escucha que engendra a Dios en el Alma. María, su madre, fue bienaventurada no sólo porque lo llevó en su seno, sino porque acogió la Palabra con fe pura, la meditó en su corazón y la hizo vida.

Escuchar la Palabra es entrar en el silencio donde Dios habla sin palabras. Es en ese silencio, profundo como el fondo de un lago inmóvil, donde el alma se hace receptiva, dócil, libre de distracciones del ego. La obediencia a la Palabra no es un acto de sumisión externa, sino una comunión interior con la Verdad que arden en el corazón. Escuchar la Palabra es escuchar la vida. La Palabra de Dios está en el canto de los pájaros, en el sufrimiento de los pobres, en el soplo del viento sobre el rostro. Cumplirla significa vivir despiertos, plenamente presentes, con un corazón que responde a cada instante con compasión. 

Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma, recuerda San Juan de la Cruz. Quien escucha desde ese silencio, concibe espiritualmente al Verbo en su interior. No es el mucho pensar lo que satisface al alma, sino el mucho amar. Escuchar y cumplir la Palabra no consiste en grande discursos, sino en amar con obras, en dejar que Cristo viva y respire dentro de nosotros. La Palabra de Dios es el Ser mismo que habita en ti. No busque fuera lo que ya eres dentro. Escuchar la Palabra es reconocerte como el templo vivo donde Dios mora silenciosamente.

Cada pensamiento sintonizado con la voluntad de Dios crea armonía en el universo. Cuando escuchas y actúas en esa frecuencia, te conviertes en canal del Amor eterno. Cumplir la Palabra de Dios es vivir con bondad, con respeto por toda forma de vida. Porque cuando el corazón es bueno, toda religión florece en paz. La verdadera escucha no necesita oídos, sino pureza interior. Cuando escuchas con el corazón vacío, el sonido de la Palabra de Dios resuena.

Hoy el Maestro nos invita a una bienaventuranza profunda. No la del aplauso ni la admiración, sino la de intimidad con el Verbo. Escuchar y cumplir la Palabra es permitir que Dios sea Dios en nosotros. Es abrir las manos del alma y dejar que el Espíritu actúe, sin resistencia. Desde el Carmelo, esta escucha es oración. Desde el silencio, se convierte en comunión. y desde el amor se hace fecunda. 

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