El dolor del amor y la misericordia que no descansa
Lucas 14, 1-6
Un sábado, Jesús fue a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos, y éstos estaban espiándolo. Había allí, frente a él, un enfermo de hidropesía, y Jesús, dirigiéndose a los escribas y fariseos, les preguntó: "¿Está permitido curar en sábado o no?"
Ellos se quedaron callados. Entonces Jesús tocó con la mano al enfermo, lo curó y le dijo que se fuera. Y dirigiéndose a ellos les preguntó: "Si a alguno de ustedes se le cae en un pozo su burro o su buey, ¿no lo saca enseguida, aunque sea sábado?" Y ellos no supieron qué contestarle.
Reflexión
Hoy, la Palabra de Dios nos conduce a una hondura que solo el corazón que ama de verdad puede comprender. San Pablo, en su carta a los Romanos, se desgarra por dentro. Habla con la sinceridad de quien vive unido a Cristo, y desde esa unión brota un dolor santo. El sufrimiento por los suyos, por aquellos que todavía no han reconocido al Mesías. Su tristeza no nace del egoísmo, sino del amor que se ofrece. Dice "aceptaría verme separado de Cristo por el bien de mis hermanos". ¡Qué misterio tan grande! Aquí se revela el amor redentor, el amor que participa del mismo corazón de Cristo. San Pablo, como un verdadero místico, se deja consumir por el fuego de la compasión divina. Su corazón no busca consuelo propio, sino la salvación de los demás. En ese dolor está escondido el rostro de Dios. Es el llanto silencioso del Espíritu dentro de nosotros, intercediendo por un mundo que aún no conoce el Amor. El alma unida a Dios arde en el mismo amor con que Él ama, y ese amor, cuando es puro, siempre sufre por los que está lejos de la Luz. No es un dolor que destruye, sino que purifica. No es tristeza sino esperanza.
El Evangelio nos muestra ese mismo Amor hecho carne, el amor infinito de Jesús. Es sábado, día sagrado para Israel, y el Maestro entra en casa de los fariseos. Allí, bajo la mirada fría de quienes lo espían, se encuentra con un hombre enfermo de hidropesía. Nadie dice palabra. El silencio de los que observan contrasta con la misericordia viva de Cristo. Jesús no soporta ver el sufrimiento. No espera permisos ni busca aprobación. Su compasión no tiene calendario ni frontera. Lo toca, lo sana y con su gesto revela el corazón del Padre. Un amor que no se detiene ni ante las leyes ni ante el juicio del hombres. La misericordia no es una excepción a la ley, sino su cumplimiento más alto. Jesús no rompe el sábado, lo lleva a su plenitud. Porque el verdadero descanso no está en no hacer, sino en amar. El sábado de Cristo es el descanso de quien alivia al que sufre, el reposo de quien libera a los oprimidos.
En el Carmelo, aprendemos que la oración no nos separa del mundo, sino que nos vuelve más sensibles al dolor de los demás. Orar es dejar que el corazón de Cristo lata dentro del nuestro, hasta que no podamos ver una herida sin desear sanarla. Hoy, el Espíritu nos invita a vivir con esa misma libertad interior. La libertad de amar por encima del miedo, de actuar por encima y no por apariencia. Que nuestro corazón, como el de Pablo, se deje herir por Amor. Que nuestras manos, como las de Jesús, no teman tocar las llagas del hermano. Solo así descubriremos el descanso verdadero. Un descanso a través del amor.
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