El fuego que purifica el alma

 El Evangelio de hoy nos presenta un Jesús ardiente, encendido por dentro. He venido a prender fuego a la tierra, dice con una fuerza que estremece. No se trata del fuego que destruye, sino del fuego que purifica y transforma. Es el fuego del amor divino, ese que no se conforma con la superficie, que no deja nada igual, que convierte el corazón en luz. A veces confundimos la paz con la ausencia de conflicto. Pero Jesús nos recuerda que la verdadera paz nace del amor a la verdad, y la verdad muchas veces es incomoda, divide, despierta conciencias dormidas. El fuego de Cristo no destruye a las personas, sino que rompe las mentiras, quema las máscaras, y deja al descubierto lo esencias que es el amor que libera. La compasión, no siempre es dulzura, sino también firmeza. El amigo que ama de verdad no teme de corregir. Del mismo modo, Jesús, el Maestro de todos los tiempos, no vino a tranquilizarnos con palabras vacías, sino a encender nuestro alma con el fuego del Espíritu. A veces, ese fuego nos pone en conflicto con quienes amamos. No porque los rechacemos, sino porque el camino del amor auténtico exige desprendimiento, conciencia y verdad. Es natural que la luz provoque sombra cuando comienza a brillar. La compasión es una energía poderosa que nace del sufrimiento comprendido. Así también, el bautismo del que habla Jesús es su propia cruz, el paso por la angustia para que surja la vida nueva. Quien ama de verdad, sufre, pero ese sufrimiento no destruye, sino que hace brotar una paz más profunda que cualquier tranquilidad mundana.

Por eso, hoy podemos preguntarnos si estamos dejando que es fuego divino arda en nosotros, o si seguimos protegiendo mis viejas estructuras por miedo al cambio. Amar, perdonar, ser misericordioso... todo eso es dejarse quemar por el fuego del Reino. Que el fuego de Cristo purifique nuestro corazón, ilumine nuestra mente y abrace a todos los seres con misericordia.

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