El Mandato de Orar
Hay mandatos de Cristo que no envejecen, que no se desgastan con el paso de los siglos. Uno de ellos, quizás el más olvidado en medio del ruido moderno, es el mandato de orar. No fue una sugerencia ni un consejo piadoso. Fue una orden pronunciada con ternura divina. "Orad, pedid, llamad, buscar". Jesús, el Maestro de los silencios y las noches en vela, no sólo nos habló de la oración. La vivió. La respiraba como quien respira el aire del cielo. Se retiraba al monte, al desierto, al huerto... lugares donde la tierra calla y el alma puede oír el latido de Dios. Lo que Él puso por obrar, nos lo mandó a nosotros. Su vida entera fue una plegaria en acto.
Pero hay un matiz que suele pasar inadvertido. Cuando Cristo dice "orad", está abriendo una puerta. No es un simple imperativo, sino una invitación al encuentro, al diálogo interior donde el hombre y Dios se reconocen. Y para que nadie se perdiera en teorías, nos dio una fórmula viva. El Padrenuestro. No es sólo una oración aprendida, sino una arquitectura espiritual. Cada palabra del Padrenuestro es una piedra en el templo del alma. Fijaos, que Jesús no sólo nos enseña qué decir, sino cómo orar. Lo primero, humildemente, es decir, como quien se sabe que todo lo recibe. Segundo, atentamente, sin distracciones. Y por último, perseverantemente, como quien llama a la puerta hasta que el corazón de Dios se abre.
Los apóstoles, herederos de esa llama, comprendieron el misterio y nos legaron en su carta oraciones de alabanza y acción de gracias. Porque quien ha orado de verdad, no pide sólo adora. La acción transforma la súplica en comunión. Y aquí, queridos hermanos, es donde entra el asombro del espíritu, ese momento en el que el alma siente que algo invisible la mira desde dentro. ¿Quién ora en nosotros? ¿Somos nosotros lo que hablamos a Dios, o es el mismo Espíritu Santo quien, como dice San Pablo, intercede con gemidos inefables? Hay algo misterioso, casi sobrecogedor, en esta realidad. Cada vez que el ser humano ora, el universo entero parece detenerse. La oración auténtica no cambia a Dios, nos cambia a nosotros. Es el fuego que purifica el alma, la raíz que sostiene la fe cuando todo lo demás tambalea. Quizás por eso los carmelitas, hijos del silencio del Carmelo, han repetido durante siglos la frase que dijo Santa Teresa de Jesús. "La oración es tratar de amistad con quien sabemos nos ama". No se puede decir mejor. Orar es volver al corazón, sentarse junto al Amado, dejar que su voz resuene en la hondura donde las palabras ya no son necesarias. Y tal vez, cuando uno ora, el tiempo se detiene. El alma toca el misterio. Y en ese instante, la tierra y el cielo se rozan, como dos manos que buscan desde la eternidad.
Comentarios
Publicar un comentario