Les construyen sepulcros a los profetas que sus padres asesinaron

 El Evangelio de hoy es un espejo que duele. Jesús no habla a los paganos ni a los alejados, sino a los que dicen amar a Dios, a los que estudian su palabra, a los que interpretan la Ley. Les reprocha algo terrible, veneran a los profetas muertas, pero rechazan a los vivos. El corazón humano tiene una extraña inclinación a admirar la santidad cuando ya no nos incomoda. Mientras el profeta respira, su palabra hiere, cuando muere, su palabra se convierte en estatua. Jesús denuncia esa hipocresía espiritual, la de amar el perfume del pasado pero rechazar el fuego del presente.

La sangre de Abel y de Zacarías, dice Jesús, clama desde el principio de la historia. En esa sangre están todos los inocentes que han sido silenciados por decir la verdad. En cada época, Dios envía voces nuevas, profetas, santos anónimos que recuerdan a su pueblo el rostro del Amor. Pero muchas veces los acallamos con el ruido de nuestra autosuficiencia, o los encerramos en sepulcros de bronce y doctrinas para no oírlos. El profeta no se adora, se escucha. Y escuchar implica cambiar. Por eso la profecía siempre molesta y desvela lo que preferimos ocultar, derriba nuestros templos interiores y nos invita a vivir sin máscaras.

Jesús acusa también a los doctores de la  Ley de haber escondido la llave del conocimiento. La sabiduría de Dios no se encierra en libros ni en los templos, sino en los corazones sencillos. Los que guardan la llave son aquellos que se convierten el misterio en sistema, el Espíritu en reglamento. Entrar en la sabiduría es dejarse enseñar por el Amor, no por el orgullo de tener razón. El verdadero sabio no es el que lo sabe todo, sino el que se deja transformar por lo que sabe. En palabras de San Juan de la Cruz "más aprovecha el alma un acto de amor que todas las obras juntas". 

"Comenzaron a acosarlo terriblemente..." El texto termina con un gesto de violencia que, quienes no soportan la verdad buscan destruirla. El destino de Cristo es el de todos los profetas, de todos los que aman sin medida. Ser incomprendido, ridiculizado o perseguido no es un fracaso, es participación del misterio de la cruz, donde el Amor se deja crucificar para que la vida renazca. 

Desde el silencio del Carmelo, este Evangelio nos invita a una pregunta sencilla y abrasadora. ¿Estoy escuchando a los profetas que Dios me envía hoy o los entierro bajo la rutina o el miedo? Quizá el profeta de mi vida sea la voz de un hermano que me corrige, una palabra que me duele, un pobre que me mira sin reproche, o un silencio que me pide conversión. El Reino se abre con esa llave. La humildad de escuchar y dejarse herir por la Verdad.


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