Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen
Jesús Archivet Maroto
Hay frases del Evangelio que no pertenecen, solo, al tiempo que fueron pronunciadas. Hay palabras que no se apagan ni con los siglos ni con las lágrimas. Una de ellas, quizá la más desconcertante, la más divina, fue dicha por un Hombre que moría. "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". A primera vista parece una súplica. Pero, en realidad, es una revelación del corazón de Dios. Un Dios que no acusa, sino que comprende. Que no condena, sino que abraza desde la cruz. Desde la lógica humana, el perdón es un acto heroico. Desde la lógica divina, el perdón es la respiración natural del amor. En el Calvario, Jesús no espera disculpas ni gestos de arrepentimiento. Perdonó en el instante del golpe, cuando los clavos aún estaban fríos y el desprecio todavía ardía. La misericordia de Dios no se mide por nuestras miserias, sino por su amor infinito. Y en ese instante, sobre la madera, el Cristo orante muestra que el perdón no nace del sentimiento, sino de la comunión del Padre.
En el fondo, Jesús no está justificando la violencia. Esta revelando que el pecado nace de la ignorancia del amor. "No saben lo que hacen", dice. Porque quien ama de verdad, ya no puede herir. A veces, cuando el alma recuerda sus errores, siente un peso casi insoportable. Esa oscuridad que parece infinita, ese "no hay perdón para mí" que murmura el enemigo, es la gran trampa espiritual. El alma arrepentida se mira y no se conoce. Pero es justo ahí donde la gracia comienza su trabajo secreto. Santa Teresa de Jesús, con su lucidez de mujer y mística, escribió que "por grandes que sean mis pecados, no pierdo la confianza, porque sé que tengo un Dios que perdona". Y otra santa carmelita, Teresa de Lisieux, más íntima, añadía que "aunque hubiera cometido todos los pecados del mundo, iría a echarme en los brazos de Jesús, porque sé cuánto me ama".
Ambas, madre y flor, entendieron lo que muchos teólogos olvidan. El perdón no es un cálculo, es un milagro cotidiano. No depende de lo que hicimos, sino de quién nos ama. Jesús no se refiere solo a la ignorancia histórica de quienes lo crucificaron. Esa frase atraviesa los siglos y llega hasta ti, que lees estas líneas con el alma cansada. También tú, cuando pecaste, no sabías lo que hacías. No conocías del todo la herida que ibas a causar, ni la belleza que destruías, ni el amor que rechazaban. Y aún así, el Padre te mira con ternura. Porque en el lenguaje del cielo, toda caída puede ser semilla de humildad. A veces Dios permite que caigamos no para humillarnos, sino para enseñarnos a amar con compasión. Solo quien ha tocado el suele puede comprender la misericordia.
El perdón no es un simple borrón y cuenta nueva. Es una resurrección interior, un renacer de la esperanza. Cuando Jesús dice "Padre, perdónalos", está invitando a cada alma a un movimiento. Volver al origen, estar en paz en el abrazo del Padre. El perdón es el silencio donde el alma y Dios vuelven a escucharse. Y ese silencio es necesario para sanar. Perdonar, también a uno mismo, es dejar que Dios escriba su misericordia sobre nuestras ruinas. Porque el arrepentimiento no consiste en castigarse, sino en dejarse amar. Y cuando uno se deja amar por Dios, la culpa se transforma en gratitud.
Si hoy te sientes abrumado por tus errores, si crees que has caído demasiado bajo o que ya no mereces el perdón, recuerda estas palabras. "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Cristo no solo las dijo por los soldados. Las por ti. Las dijo por todos los que alguna vez lloran en silencio y no encuentran consuelo. Déjate mirar por Él. Deja que el amor que brota del costado abierto de Cristo penetre en tu herida. Ahí, en el punto exacto donde duele, Dios está trabajando en tu salvación.
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