El Dios que se deja encontrar en lo pequeño

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas 17,26-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos.

Asimismo, como sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos.

Así sucederá el día que se revele el Hijo del hombre. Aquel día, el que esté en la azotea y tenga sus cosas en casa no baje a recogerlas; igualmente, el que esté en el campo, no vuelva atrás.

Acordaos de la mujer de Lot.

El que pretenda guardar su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará.

Os digo que aquella noche estarán dos juntos: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán».

Ellos le preguntaron:
«¿Dónde, Señor?».

Él les dijo:
«Donde está el cadáver, allí se reunirán los buitres».


En esta fiesta luminosa de Todos los Santos Carmelitas, la Palabra de Dios nos invita a levantar la mirada para descubrir la huella divina que atraviesa toda la creación y al mismo tiempo nos advierte del peligro de vivir con el corazón dormido, distraído, y no reconocer la hora de Dios cuando pasa a nuestro lado.

El autor del Libro de la Sabiduría contempla la inmensidad de la creación en el fuego, el viento, el firmamento estrellado, la belleza del agua, la fuerza de los astros, y afirma que todo esto debería conducir el corazón humano al Creador, no sustituirlo. El texto es profundamente actual. Hoy muchos viven fascinados por la belleza del mundo, por la energía de la tecnología, por los avances de la ciencia, por la inmensidad del cosmos. Y todo eso es bueno, porque "es hermoso lo que ven". Pero la belleza creada no basta, porque necesita ser trascendida. En Israel siempre se entendió que la creación es revelación, pero una revelación que apunta más allá de sí misma. La criatura es un signo que indica el Camino, pero no es el Camino.  El sabio bíblico reprocha a quienes investigan el universo con precisión pero no reconocen al Autor. Y nosotros, hijos del Carmelo, sabemos que quien se queda en la superficie de las cosas no entra en la hondura del Misterio. La creación es un icono. Pero el rostro de Dios se encuentra en el silencio del corazón.

Jesús, además, nos recuerda los días de Noe y de Lot, siempre la vida sigue su curso normal, la gente en en ese tiempo comía, vendía, compraba, construía. Nada malo en sí. Lo inquietante es que estaban todos ocupados en lo inmediato que fueron incapaces de percibir la llamada de Dios. Y la enseñanza es clara. Lo cotidiano puede convertirse en anestesia del espíritu. La rutina puede volvernos ciegos a la presencia de Dios. En la tradición paulina, que tanto ilumina nuestra espiritualidad carmelitana, se referencia que no vivamos dormidos, sino como hijos de la luz. Jesús nos advierte que cuando Él se manifieste plenamente no habrá tiempo para mirar atrás. El que está en la azotea, que no baje. El que está en el campo, que no regrese y acordémonos de la mujer de Lot. Es una de las frase más duras del Evangelio porque presenta que quien se aferra a su pasado, a sus seguridades, a sus apegos, pierde la vida. Quien la entrega, la encuentra. El día del Hijo del hombre, esa irrupción decisiva de Dios, no es solo un acontecimiento futuro. Es hoy. Dios pasa hoy. Y hoy puedo perderlo o abrazarlo.




























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